Distinción de ser mujer


Tengo 29 años y adquirí un mueble, que está lleno de libros de autoayuda.
Me considero casi una experta en teoremas, derivadas e integrales… en temas del corazón.
Defiendo con tenacidad mis teorías sobre la (mi) soltería, porque siempre he pensado que es mejor estar sola que mal acompañada.
No tengo ideas perfectas para los viernes por la noche, ni los domingos por la tarde.
Me encanta encauzar mi río de acuerdo a  mi luna, estado de ánimo y ganas de realmente hacer algo.
Soy mujer: Fuerte, sentimental, nostálgica, terca, enamoradiza.
Hombre ideal no tengo, sin embargo siempre imagino a mi “Señor Darcy”, que en algún momento doblegará su orgullo y me confesará su profundo amor, tal como en la novela que hace 97 años, escribió Jane Austen. Pero, cuando despierto de aquellas utopías, me doy cuenta que ése hombre… no es más que mi mejor amigo. Ése que es capaz de lanzar un eructo frente a mí… después de beber cerveza, que me abraza como quien toma a su “partner” de toda la vida y que me trata como su hermana menor.

Precisamente en éste punto, recuerdo cuando un amigo, creyó halagarme con el mejor cumplido que pudo encontrar:
- Eres una mujer admirable- Me dijo con cariño-. Piensas como un hombre.

Refuté sus palabras.
-¡No, yo no pienso así! ¡Qué cosa más horrible me has dicho!

            Mi protesta, a pesar de su arrebato, no era más que la expresión de una verdad: que yo pertenecía y sigo perteneciendo al sexo femenino; y que las mujeres a pesar de nuestras nuevas libertades, a pesar de nuestros recién adquiridos conocimientos, habilidades y energías, no queremos pensar como hombres, sentir como hombres ni actuar como hombres.

            Esto no es fácil. Las mujeres parecemos ésas naciones nuevas creadas después de una guerra: hemos sido dueñas de nuestra libertad por tan corto tiempo que no sabemos exactamente como usarla. Nos alientan para que tomemos el puesto que por derecho nos corresponde en asuntos mundiales, y al mismo tiempo se nos manda a que nos quedemos en la casa a cuidar del hogar, nos aplauden por nuestro vigor y nos tienen lástima por carecer de él. Si a cierta edad, no tenemos pololo, novio o marido, somos condenadas por una sociedad que cree en el “vínculo sagrado”. Si no queremos tener hijos, nos critican por no cumplir con nuestra misión de mujer. Si tenemos familia numerosa, dicen que estamos sobre-poblando al mundo. 

            Ahora soportamos la terrible carga de la “Igualdad”, que nos agobia, porque en realidad sólo existe de nombre. Sostengo que únicamente cuando se trata de aceptar responsabilidades, estamos las mujeres en condiciones de igualdad con los hombres. No somos inferiores ni superiores; simplemente es como si fuéramos dos razas diferentes. Nuestra sangre late con un ritmo distinto; nuestro cuerpo está hecho para traer hijos al mundo y toda nuestra vida es el proceso de la creación.
       En algunas reuniones, he presenciado la rudeza y agresividad de algunas mujeres, apelando al “Movimiento de Liberación Femenina”. -¿De qué me están hablando?- Mujeres que intentan ser iguales a los hombres, perdiendo todo juicio, gracia y suavidad. Me encantaría decirles: ¡Qué mal lo están haciendo!. ¿Acaso no saben, que las primeras personas que empezaron a hablar de ésto... fueron hombres?. La semilla viene de la mente masculina. El hombre siempre sabe lo que le conviene, se las arregla para que las cosas sucedan y hacen pensar a las mujeres, que ellas hacen las cosas por sí mismas. ¡No podemos estar destruyendo nuestra femineidad!.
         ¿Cómo corregir la falsa noción de igualdad perfecta?. Deberíamos enseñarles a nuestras pequeñas mujeres que la verdadera gloria de ser mujer, no está en el triunfo personal logrado a toda costa, sino en el sacrificio, en la abnegación, en el placer y en el orgullo de cumplir la misión que se nos ha confiado.






¿¡O es muy tonto lo que estoy diciendo!?